En Villa Gesell, un balneario pensado para personas con distintas discapacidades

Una playa a la que pueden acceder todos

 

Las carpas, los caminos hacia la arena y el mar, las instalaciones.
Todo está preparado en el balneario para que no haya obstáculos. Y hay
también elementos especiales para que todos puedan acceder al agua. Es
la playa integrada de Gesell.
Por Soledad Vallejos
Desde Villa Gesell

“Al principio no me gustaba, no quería mucho, me daba un poco de
miedo. No sé, miedo de caerme al agua. Pero ahora ya no. ¡Me caí
tantas veces que me acostumbré!”, dice Rocío Guerra, la gesellina de
18 años que espera, en medio del viento, la llegada del profesor de
kayak. Detrás, antes de que el médano desemboque en playa llana, una
veintena de personas miran el mar desde dos pequeñas hileras de
carpas. Viste neoprene, lleva el pelo corto, atado en una colita, y
sonríe cuando ve que van dejando el kayak amarillo flúo ahí donde
termina el caminito de madera del balneario. Un poco más allá, una
señora no para de reírse a bordo de una silla de ruedas bajita, con
ruedas superpoderosas y misteriosos objetos naranja fosforescente a
los lados. Nicolás Tortarolo, durante el año docente del Instituto
Municipal para Sordos e Hipoacúsicos Helen Keller y jefe del Area de
Discapacidad del municipio local, pero en verano alma pater del
balneario, explica que es una s
illa anfibia “y de industria nacional”. “La probamos pasando la
rompiente cuando empezó la temporada. Es genial: eso naranja son
flotadores, y tiene una manija. Podés entrar al agua con la silla y la
vas orientando según hacia dónde querés ir.” Así transcurren las horas
en la “playa integrada” de Villa Gesell, la primera y también única
del país, aunque va por su tercera temporada.

Aquí, chicas, chicos y personas adultas con diferentes tipos de
capacidades diferentes (“no sólo las físicas, sino también las
viscerales, esas que no se ven, como pueden ser las intelectuales,
ponele”, dice Nicolás) comparten carpas, caminos sobre la arena y
todas las instalaciones que el balneario municipal y gratuito pone a
disposición para demostrar que “la playa puede ser de todos”. “Mucha
gente llega y se sorprende. También ves casos de gente grande,
personas mayores, que pensaban que nunca más iban a poder acercarse al
mar, estar cerca de la arena”, explica Nicolás, para señalar algo que
de tan evidente resulta invisible: para muchas personas, transitar
una playa puede resultar arduo. Ahí arriba, antes de la pendiente del
médano, dice Nicolás, descansa un señor que sufrió un ACV a fin de
año, antes de las fiestas. “Y pensó que nunca más iba a poder. Y vino
acá, de casualidad, no sabía, su mujer bajó del auto y pidió ayuda
para acercarlo al mar. Y nos encontró a nosotros.”

Los números dicen que de todos modos, de a poco, con timidez pero
decisión, esas personas se van acercando a los médanos, la orilla, el
agua. En 2010, cuando esta playa integrada se inauguró y estaba lejos
de las diez carpas de esta temporada, y todavía un poco más lejos de
las actividades, los registros indicaron sesenta usuarios. El año
pasado, el número había trepado a doscientos setenta. En lo que va de
2012, ya han pasado setenta y cinco. “Es mucho”, señala Nicolás.

–¿75 es mucho?

–Claro, porque este público con capacidades diferentes suele salir de
vacaciones en febrero, no
en enero. ¿Por qué? Porque se encuentran con menos gente y menos
obstáculos. Pero ya te digo, este año notamos un aumento.

Mientras el segundo kayak, uno de los que Rocío llama “los
chiquititos”, colorado, sigue al primero en su camino hacia la orilla,
Nicolás enumera cómo la Villa, paso a paso, va facilitando la
integración de todas las personas, sean cuales fueren sus cuerpos, sus
capacidades: “En la avenida 3 y todo el boulevard, si te fijás, todos
los postes indicadores de calle, a un metro veinte de altura, tienen
los nombres en Braille”, la Municipalidad firmó convenios con los
concesionarios de playa y comerciantes gastronómicos y hoteleros para
que todos los menús estén disponibles en Braille, en unos días
“empezamos clases de pintura integradas, con una profe que da clases
en la escuela durante el año”, y “ocho de las diez sillas anfibias, de
industria nacional, mejores y más baratas que las que teníamos antes”
(que eran europeas y costaban cerca de dos mil euros
cada una), están distribuidas en distintos balnearios privados. “Así
no queda ésta como ‘la playa de las personas con discapacidad’ y las
personas pueden elegir a dónde quieren ir a pasar el día. Claro que
acá es pública y gratuita.”

Pasa Jerónimo sonrisa al viento. Arrastra el kayak colorado, “de los
chiquititos”, agua adentro, aunque las olas se resisten, porque la
bandera, más colorada todavía que la navecita, por algo advierte lo
que el agua ratifica: el mar está arisco. Insiste una, dos, tres veces
Jerónimo, mientras acá en la costa, Rocío, que además de perder el
miedo a fuerza de porrazos hace cinco meses ganó orgullo por remar en
una competencia nacional, en Mar del Plata, sonríe. A la mañana
cumplió su turno como empleada de la playa integrada (“armo carpas,
traigo sillas, ato las lonas”), el primer trabajo de su vida. Ahora,
de tarde, todavía pisa la arena pero sabe que en un rato estará allá,
al otro lado de la rompiente. Rocío tiene una discapacidad intelectu
al desde siempre. Ve el agua y la sonrisa se le vuelve indeleble.

El kayak más grande acaba de hacerse al mar llevando a una persona,
el profesor Pablo Krotsch (deportista de elite y campeón nacional de
kayak, a pesar de convivir con las consecuencias permanentes de una
parálisis cerebral), y a una personita: Ezequiel. Desde la orilla, su
padre entorna los ojos, repite “cómo le gusta, cómo le gusta el agua”.
Todavía se maravilla de cómo cambió su hijo, de once años, que padece
autismo y cierto grado de esquizofrenia, desde que aprendió a remar
contra la corriente para cruzar la rompiente y volver. Allá, lejos, el
kayak se da vuelta. Acá, el padre ríe con ganas y grita “¡te tocó a
vos esta vez, Eze!”. Ezequiel ríe.

Información extraída de: Página 12